Unos mil docentes se dieron cita y en las X jornadas Innovaedum, de innovación educativa, que se celebraron el pasado sábado en el Teatro Circo (Murcia), en las que participaron reconocidos profesionales como Javier Urra, Pedro García Aguado, Rosa Liarte, Javier Albares, Kuve, José Ramón Gamo, Lauri Math Teacher y Vivi Math Teacher, con ponencias sobre bienestar emocional, neuroeducación y comunicación digital, entre otros muchos temas.
El consejero de Educación y Formación Profesional, Víctor Marín, que inauguró el evento, destacó que “los docentes educan enseñando” y apostó por “el trabajo que se hace en los centros, por la excelencia, el mérito, la capacidad, el esfuerzo, la disciplina y el respeto. El ejemplo que den los centros debe ser un referente para el conjunto de la sociedad”.
El congreso está organizado por la Asociación de Directivos de Educación Infantil y Primaria de la Región de Murcia (Direcmur) y el Centro de Profesores y Recursos de la Región de Murcia (CPR).
Además, durante la jornada presentaron sus experiencias educativas los colegios El Mirador (San Javier), Gloria Fuertes (El Palmar-Murcia), Francisco Noguera (San José de la Vega-Murcia), Nuestra Señora de la Fuensanta (Archena), Nicolás de las Peñas (Murcia), Vicente Medina (Cartagena), Ángel Zapata (Torreagüera-Murcia), Carthago (Cartagena) y Nuestra Señora de Loreto (San Javier).
Esta jornada, referente para los docentes, conmemora una década de encuentros en torno a la innovación educativa.
Direcmur entregó ayer sus galardones anuales que recayeron en la concejal de Educación del Ayuntamiento de Murcia, Belén López; la subdirectora de Evaluación Educativa y Ordenación Académica, Inmaculada Moreno; el inspector de educación Antonio Martínez; la jefa del servicio de promoción educativa, Isabel María Sánchez; y el responsable territorial de productos y servicios educativos de Grupo Anaya, Carlos Viedma Millán.
Javier Urra sin eufemismos
Uno de los momentos clave lo protagonizó Javier Urra que subió al escenario con un mensaje de reconocimiento al profesorado y de reivindicación de la inteligencia humana frente a los atajos del presente. Su intervención no fue complaciente: habló de familias desbordadas, de alumnos con sufrimiento silencioso, de falta de disciplina y de una escuela que, más allá de enseñar, está obligada a detectar, acompañar y actuar. Desde ese arranque, la ponencia fue ganando densidad hasta desembocar en una idea central: hacen falta menos discursos abstractos y más instrumentos concretos para el aula.
Urra insistió en que el profesorado no tiene por qué asumir un rol clínico, pero sí ocupa una posición privilegiada para advertir señales que otros no ven. Un alumno que llega desaseado, otro que se queda aislado el fin de semana, una manga larga impropia del calor o una tristeza persistente son, en su planteamiento, indicios que suelen aparecer primero en el colegio o en el instituto. Ahí situó la responsabilidad educativa del docente y también la necesidad de que esa mirada esté respaldada por formación y recursos.
A lo largo de su intervención, el psicólogo trazó un panorama duro pero reconocible: problemas de apego, autolesiones, ideación suicida, trastornos de la conducta alimentaria, acoso, dificultades de convivencia y una creciente fragilidad emocional en niños y adolescentes. Frente a esa realidad, defendió recuperar la autoridad del maestro, reforzar la disciplina y no caer en la ingenuidad de pensar que todos los alumnos llegan ya educados desde casa. La escuela, vino a decir, no puede desentenderse de lo que ocurre fuera porque después lo recibe dentro.
Enfoque práctico frente a la parálisis
Uno de los momentos más claros de la ponencia llegó cuando Urra resumió su criterio en una frase rotunda: hay «muchos observatorios» y «poca acción». Con esa idea explicó el trabajo desarrollado desde el Observatorio de la Salud Mental en la Escuela, que dirige, y el impulso de un máster que conecta a docentes con profesionales clínicos. Pero quiso ir un paso más allá: no basta con abrir espacios de reflexión si luego el profesor sigue solo ante casos complejos, dudas urgentes y decisiones delicadas en el día a día.
Por eso cobró especial protagonismo el Vademécum para el profesorado, presentado por Urra como una herramienta de utilidad inmediata. Según detalló, se trata de un recurso gratuito del que se están distribuyendo 25.000 ejemplares en centros de toda España, incluidos colegios de Educación Especial y aulas hospitalarias. El volumen reúne 115 preguntas formuladas por docentes y respondidas por un equipo especializado, con el objetivo de ofrecer orientaciones claras sobre situaciones que aparecen de forma recurrente en los centros.
En qué consiste el Vademécum
El valor del Vademécum, según se desprendió de la intervención, está en su vocación de servicio. No nace como un documento teórico ni como un manual cerrado, sino como una guía pegada a las inquietudes reales del profesorado: qué hacer ante determinados comportamientos, cómo leer ciertas señales, cuándo intervenir, cómo acompañar y a quién derivar. Urra subrayó además que la herramienta incorpora un QR para que los docentes puedan plantear nuevas cuestiones, de modo que el proyecto mantenga una lógica de escucha y actualización constante.
Esa dimensión práctica conecta con otras iniciativas ya publicadas por este medio sobre el apoyo al profesorado en salud mental, como la guía de apoyo al docente, centrada precisamente en el papel del maestro como figura clave para detectar y cuidar el malestar del alumnado. También dialoga con la línea de trabajo que Urra ha venido sosteniendo en torno al fortalecimiento del carácter y la prevención, como mostró en esta reflexión sobre salud mental y carácter.
Una apelación directa al docente
Más allá del anuncio de la herramienta, la crónica de la ponencia deja una idea de fondo: Urra quiso devolver centralidad al profesor. Lo hizo al recordar que muchos alumnos solo encontrarán en un docente a la persona capaz de advertir que algo no va bien. Y lo hizo también al presentar el Vademécum como un respaldo concreto para quienes deben tomar pequeñas y grandes decisiones todos los días en el aula.
Su cierre mantuvo ese tono de realismo esperanzado que atravesó toda la intervención. Reconoció el desgaste, la crítica de algunas familias y la dureza de muchos contextos, pero pidió no perder la vocación ni el optimismo. En ese marco, el Vademécum apareció no solo como una publicación más, sino como una herramienta pensada para transformar la preocupación en criterio profesional y la intuición del docente en una acción educativa mejor acompañada.
