El lugar consigue el equilibrio perfecto entre la calidez propia del concepto y la sofisticación inherente al edificio que lo acoge. En su carta conviven clásicos de la gastronomía francesa con platos que ponen sobre la mesa la versión más elevada de la cocina contemporánea. El salmón marinado con blinis o su Pâté en croûte son dos de sus entrantes estrella, que dan paso a los grandes hits de la propuesta: el lenguado de las costas francesas a la plancha con aceite de oliva, alcaparras y limón, o el filete de ternera al estilo Rossini. Aunque para mí, la gran sorpresa llegó en el último pase: un milhojas de vainilla tostada que es, probablemente, el mejor postre que jamás he probado.
Un templo del bienestar con la piscina más fotogénica de París
Si hay un icono de Le Bristol –además de Sócrates, el gato que habita en el hotel– es su piscina. Ubicada en la sexta planta del hotel, ofrece una vista ultrarromántica de los tejados del barrio de Faubourg Saint‑Honoré. Aunque lo que la hace realmente especial son los frescos que decoran su techo, obra del pintor francés Pierre‑Marie Rudelle, que plasmó una escena marítima en trompe-l’œil (una técnica que crea una ilusión óptica que aporta dimensión y profundidad). No sé si todo el que sube hasta el cielo de Le Bristol es capaz de apreciar la maravilla; yo sentí que cada rincón de este hotel cuenta una historia aparte, con datos y anécdotas que no dejan de alimentar la leyenda.
