Hubo un momento en el que decir “vamos a un japonés” bastaba. Hoy, en cambio, la frase pide apellidos, contexto y, a ser posible, una historia detrás. Bakko lo tiene todo: nació como el proyecto personal de Alberto de Luna –conocido por sus honestas críticas gastronómicas en Instagram–, pero se ha ido transformando en algo más complejo, más libre y, sobre todo, más difícil de encasillar bajo un solo nombre.
Porque esto no es solo un sushi bar; tampoco un restaurante con las ínfulas de un Michelin y sin embargo tiene pinceladas de ambos: más formal que los primeros, más distendido que los segundos. Con una barra en la que los comensales pueden disfrutar de primera mano del saber hacer del sushiman Sergio Monterde y un menú en el que se prescinde de artificios para poner el énfasis en la experiencia culinaria, la propuesta se complementa además con otras seis mesas altas para quien busque más intimidad.
Todo ello, cumpliendo las expectativas que se presuponen al restaurante de un crítico: un menú omakase en el que los nigiris –clásicos– son los protagonistas, pero en el que también hay más: técnica japonesa, respeto absoluto al producto y cortes impecables. Más allá del arroz –siempre clave y en este caso sobresaliente– y el pescado del día, la propuesta se complementa con varios cortes de carne de la primera calidad. Y para los amantes del vino, la sumiller se encargará de recomendar el maridaje perfecto de entre las muchas referencias con las que cuentan.
