En la iconografía de la época, los botines slouchy aparecen asociados a figuras clave del imaginario it girl: modelos y blogueras captadas por fotógrafos callejeros, actrices en tránsito constante entre aeropuertos, cafés y eventos, en definitiva, estilismos pensados para ser vistos desde una naturalidad estudiada. Estas botas que se llevaban con vaqueros pitillo, minifaldas, abrigos oversize y camisetas blancas, componen un uniforme que hoy reconocemos de inmediato como parte del ADN de aquella década por la que suspiramos a día de hoy. Ahora se relajan aún más y se llevan con pantalones anchos, con vaqueros baggy y con bermudas. La laxitud intrínseca de este calzado se potencia con la tendencia actual hacia lo cómodo y lo funcional.
Desde una perspectiva sociológica, el auge de este tipo de botín refleja una transición clave en la moda contemporánea: el paso del lujo aspiracional al lujo vivido. En definitiva, un guiño a la nostalgia por tiempo que fueron mejores –o que se romantizaron en esencia–. Cuando los marcos blancos delimitaban las fotos de Instagram y los feeds aún no respondían a estrategias de marca, los botines se llevaban y se mostraban como una pieza a la que dar una vida deseable. Su regreso no es casual. En un momento en el que la moda revisitan constantemente los códigos de antaño, estas botas reaparecen cargadas de significado. Ya no remiten solo a una tendencia, sino a una forma de entender el estilo previa a la saturación digital, cuando la imagen todavía conservaba cierto margen de espontaneidad y, a su vez, giran la cabeza hacia otro lado en busca de ese toque especial que aleje a los estilismos de la sobriedad y del hastío de algunas para con el lujo silencioso.
Photographed by Maxine Stiller