Si estos días te metes en instagram o X o, imagino, Pinterest, te aparecerán mil y un posts sobre Carolyn Bessette, una mujer que en vida ya obsesionaba y que ahora llama la atención de millones de chicas que nacieron después de su muerte. No es particularmente guapa (a menudo aparece poco favorecida en las fotos de los paparazzi de la época), tampoco se la percibe particularmente simpática (aunque quizá lo fuera, quién sabe) y de su paso por la Tierra contamos solo con un número limitado de imágenes que llegan a nosotros, repetidas ad infinitum, con una calidad cuestionable. ¿En qué radica, entonces, su fuerza de atracción? ¿Por qué el apego desmedido a esta desconocida que, a golpe de ser mirada, ha tornado en figura casi mística?
Evidentemente, la serie Love Story —cada semana se emite en Disney+ un capítulo nuevo— es en gran parte responsable del reciente revival fanático, pero la serie no es el origen de la idolatría, es la consecuencia. Si existe hoy es porque en su día existieron ellos, Carolyn y John, una pareja en la que convergían infinidad de elementos cautivadores. Empecemos por lo básico: él pertenecía a la familia quizá más icónica de Estados Unidos. A todo Kennedy se le atribuye el encanto del privilegio heredado, la responsabilidad que demanda la carga histórica, la pátina literaria que aporta la tragedia. John en concreto era hijo de un presidente asesinado y de la primera dama de la distinción (ambos destacados instigadores de un volumen de obsesión que se mantiene, también, transcurridas décadas). Además, era bellísimo. Un escándalo. Soltero de oro admirado por la mayoría de mujeres del planeta, eligió a una mujer, y esa elección dotó a esa mujer de enorme poder. Con independencia de las características de Carolyn, resulta innegable que ser la escogida vertebró y vertebra su identidad pública.
Las nuevas generaciones adoran los códigos difíciles de transferir. Llevamos años desentrañando en qué consiste el estilo old money; los jóvenes con sed social tratan de reproducir una estética moldeada por siglos de endogamia y holgura económica. Mencionamos el lujo silencioso, se publican listas de marcas con las que se logrará el ansiado objetivo. Carolyn y John encarnan la versión genuina de todo aquello a lo que se aspira en el plano de la clase. Cierto es que ella no era millonaria de cuna, pero sus manierismos exudaban justo el tipo de energía de la que hablamos cuando hablamos de quien lo ha tenido todo: Bessette entraba y salía de los diversos círculos en los que se movía con la fluidez propia de quien siempre ha nadado en esas aguas. Entre tanto empeño por performar, Carolyn representa la ausencia de artificios (lo cual, y esa es la paradoja, despierta unas ganas locas de copiarla).
Añadamos a la ecuación el deslumbramiento que propicia otra élite: la del mundo de la moda. La masa consume historias sobre los tiburones del sector como quien zampa palomitas. La curiosidad en torno a Anna Wintour o el funcionamiento de oficinas como la de The Row alcanza cotas delirantes. El diablo viste de Prada gusta por el retrato de los rituales internos y de esa crueldad descarnada que, si bien rechazamos, nos produce morbo. Carolyn trabajaba en Calvin Klein en un momento en el que la moda era lo que parecía en películas y series: una fiesta infernal a la que solo accedían los guais del instituto. Y no se limitó a trabajar: se ganó el respeto de la industria. Ahora, un montón de voces se recrean en el recuerdo de esa era noventera de presupuestos desbordantes y falta de empatía, aportando detalles como que Klein prohibía usar postits de colores o poner flores distintas a las orquídeas blancas en su edificio neoyorquino. El hábitat laboral de Bessette suscita tanta conversación como la propia Bessette.
