¿Alguna vez has llevado un chándal gris? Recuerdo que hubo una época, durante mi adolescencia, en la que lo más guay era llevar el chándal de corchetes de Adidas o, en su defecto, unas mallas Nafta. Años antes lo que se llevaba era el de táctel, pero a mí aquello no me tocó. Supongo que aquella elección estilística que hicieron nuestros cuidadores estaría vertebrada por nuestro lugar de nacimiento y nuestra clase social porque, antes de la globalización, además de las diferencias dialectales, había lugar para las particularidades en cuestión de estilo. Por eso, incluso en Galicia, donde yo vivía, se percibía un gran salto estético entre lo que llevaban los adolescentes en Vigo y lo que se estilaba en Santiago de Compostela. En cualquier caso, por muchas diferencias que hubiese entre ciudades gallegas, no recuerdo que el chándal de algodón gris se colase por ningún resquicio de nuestros armarios. Y si de alguna manera se logró asentar en algún lugar de mis recuerdos es porque siempre estuvo ahí, aunque en segundo plano, y sin salir del ámbito doméstico.
Durante décadas, el chándal gris fue humilde y sintió pudor de sí mismo. Al menos, en el lugar en donde yo vivía, que no permitía salir a la prenda del plano íntimo y que, por supuesto, jamás se lucía en su versión de dos piezas. Ahora que lo pienso, creo que aquellos conjuntos me parecían algo típico de los Estados Unidos, en donde la calle había interiorizado un uniforme concreto por una mera cuestión funcional, pues era un cómodo, adecuado para bailar (breakdance) y hacer deporte, y además era barato. Quizá por eso también era el uniforme de algunos institutos y el de algunas cárceles. Su color, aquel gris heather (jaspeado), popularizado por la marca Champion, no se alcanzaba a través de un teñido completo, y resultaba menos costoso de producir. Además, en el caso de las universidades, permitía destacar fácilmente el escudo del campus.
Pero aunque el chándal de algodón gris se coló entre la clase alta estadounidense a través de aquel look propio de las Ivy League, parece evidente que la prenda en sí misma, al menos en su concepción, no se sitúa cerca de los preceptos del lujo. Más bien al contrario. Así que ahora me pregunto, ¿por qué muchas modelos lo han escogido para sus salidas informales como si no tuviesen más que un chándal gris en el armario? No es difícil: por el mismo motivo por el que existe el lujo silencioso.
