Antes de que existiera la fotografía de moda, las prendas se promocionaban a través de bocetos ilustrados. Aunque las revistas recurrían incluso a grandes artistas para ilustrar las prendas en tendencia, los dibujos carecían de la emoción que una fotografía puede transmitir; el lenguaje de la moda estaba limitado. A principios del siglo XX, Vogue fue pionera al incorporar fotografías entre sus páginas, primero en blanco y negro y, posteriormente, a color. La primera portada a color se hizo en esta misma cabeza, y se publicó el 1 de julio de 1932: una moda de baño capturada por Edward Steichen sobre un cielo azul infinito. Vogue revelaba por primera vez en la historia de la humanidad todo el potencial de esta nueva forma de comunicación para la industria.
El compromiso de la revista con la fotografía ha continuado impertérrito hasta el día de hoy. En sus páginas han colaborado –y colaboran– artistas de la talla de Annie Leibovitz, Patrick Demarchelier, Nick Knighy, Irving Penn, entre muchos otros. Este último, de una forma muy especial, como ya contamos hace no mucho. Y desde “la era del selfie”, como definía Suzie Menkes en un reportaje orientado a la grandeza de la fotografía, “la calidad fotográfica es un valor que solo puede crecer exponencialmente”.
Triunfar en la fotografía de moda no consiste únicamente en tener una buena cámara. Lo primero de todo, como decía la sagrada editora Diana Vreeland, es hacer que “el ojo viaje”. También lo decía, con otras palabras y unos años después, la dramaturga Dorothy Parker: “la creatividad es una mente salvaje y un ojo disciplinado”. Un gran fotógrafo de moda debe leer, mirar y absorber todo lo que le rodea: revistas, libros, catálogos, películas, obras de arte. Ir a museos, observar la luz en los cuadros, estudiar las proporciones y los gestos humanos; todo suma para desarrollar un lenguaje visual propio y un sentido innato del estilo.
Esta es una tarea constante que se nutre de la experiencia. El oficio del fotógrafo se perfecciona con la práctica y la experimentación: jugar con la luz, explorar nuevas composiciones, capturar el movimiento en el instante justo. Aprender a decidir qué contar a través de una imagen y cómo contarlo es esencial. Todo ello se logra combinando el dominio de la técnica —exposición, encuadre, composición, luz, color— con la aplicación de la misma a un determinado lenguaje; ya sea editorial, artístico o publicitario. Y, sobre todo, fallando. Y a todo ello hay que sumarle saber trabajar en equipo, saber crear una marca para hacer público y viral este trabajo, saber cómo romper los patrones, entender qué quiere la gente, qué busca el mercado, saber guiar a un equipo, negociar, y liderar un equipo.
Todo esto se puede lograr de manera individual, con constancia, curiosidad y años de práctica, absorbiendo los conocimientos de forma autodidacta. Pero también existe una vía acelerada, estructurada y reconocida a nivel internacional. Hablamos del Diploma Vogue en Fotografía de Moda, –como decíamos, la madre de la fotografía de moda–, impartido en el Vogue College of Fashion. Una formación intensiva de tres meses de duración, en colaboración con la Universidad de Nebrija, y diseñada tanto para expertos como para neófitos, que combina teoría, práctica y acceso a profesionales de primer nivel. Las clases se imparten de forma presencial en el Paseo de la Castellana, 9, en Madrid, el barrio más selecto de la capital, y las prácticas se realizan en el estudio de la editorial Condé Nast y otros profesionales asociados. La formación comienza el 8 de abril, y las plazas ya están abiertas. Si quieres reservar la tuya antes de quedarte sin tu espacio, consulta la web y manda tus dudas a infoadmisiones@voguecollege.com
