A la hora de vestir, el delantal subrayaba como ninguna otra prenda la representación de estas figuras bucólicas. Obviamente, la apropiación se redujo al ámbito ornamental: las expertas del Museo del Traje citan un ejemplar, el laisse-tout faire, que empezaron a llevar las mujeres de la aristocracia a modo de complemento durante el reinado de Luis XV. “A diferencia de los delantales de trabajo, se realizaba en finas sedas o redecillas de oro y plata, decoradas con volantes, bordados y encajes”, concretan para esta cabecera. A menudo se elaboraban en las muselinas y las batistas más finas, y se decoraban también con trabajo de Dresde, una técnica de bordado mediante hilo tirado que tomaba el nombre de la ciudad alemana.
Aunque es complicado determinar una fecha exacta, los primeros delantales decorativos se pusieron de moda en la aristocracia aproximadamente entre 1730 y 1740. Fue unos años antes, a comienzos de la década de 1720, cuando Catherine Douglas, duquesa de Queensberry, apareció en la Asamblea de Bath luciendo un delantal blanco que le arrancó el Maestro de Ceremonias de turno por considerarlo una prenda inapropiada que solo debería llevar una criada. “En el discurso contemporáneo, las mujeres privilegiadas que usaban delantales eran acusadas de ser cómplices de la erosión de la jerarquía social, y las críticas se centraban exclusivamente en los vínculos de esta prenda con las clases trabajadoras, ya que las damas eran acusadas de imitar a sus inferiores”; escribe la profesora Elizabeth Spencer en un análisis sobre el delantal como prenda de la élite en la Inglaterra del s. XVIII. La duquesa de Queensberry no fue la única aristócrata que se hizo inmortalizar como una campesina: son frecuentes los retratos de alta sociedad en los que no faltan ni las ovejas ni los delantales. Cuenta Spencer que en este universo estético paralelo se asociaban con los estereotipos de belleza inocente y simplicidad atribuidos a las chicas de campo que tanto romantizaron la literatura y el arte.
