Un día de mayo de 2024, Gisèle Pelicot cambió de opinión. Durante tres años y medio había lidiado con lo impensable: su marido la había estado drogando y violando, a veces hasta dos o tres veces por semana durante casi una década, y había invitado al menos a 72 desconocidos a compartir sus agresiones. Ella no era consciente hasta entonces y, cuando le contaron la verdad, no recordaba nada. Dominique Pelicot acostumbraba a añadir en la comida o la copa de vino de su mujer un cóctel de pastillas para dormir y ansiolíticos para sumirla en un estado comatoso. Más tarde se supo que las dosis pusieron en peligro su vida.
Como todas las víctimas de agresiones sexuales cometidas en Francia, tenía derecho al anonimato y se hizo a la idea de que, una vez comenzara el juicio en septiembre, sería a puerta cerrada. Sin público ni prensa, sin nombres reales. Pero ese día de mayo, mientras paseaba por la playa junto a su nuevo hogar en Île de Ré, vislumbró en su cabeza el panorama: a un lado de la sala, los 50 acusados que la policía había logrado identificar; su ejército de 45 abogados; su todavía marido con el suyo propio. Al lado opuesto, sus dos letrados y ella misma, una mujer menuda de 71 años.
Comprendió, como expondría más tarde, que “a la víctima siempre se la culpa” y que, en inferioridad numérica como estaba, “volvería a ser su presa una vez más”. Tuvo, dice, “la sensación física de que necesitaba al resto del mundo”. También pensó que si no optaba por un juicio público y ayudaba con ello a otras mujeres a sentirse menos solas, se “arrepentiría toda la vida”. No era momento ni lugar para el anonimato y el silencio. Contempló el mar y recordó una frase que había oído pronunciar a otras supervivientes de la violencia machista: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Decidió, así, abrir las puertas, desenmascarar a los violadores a cara descubierta.
Cuatro meses después, Gisèle Pelicot cambió la historia: el mayor juicio por violación jamás celebrado en Francia duró tres meses y medio, impulsó una nueva ley con el consentimiento en su centro y trascendió fronteras, despertando conciencias en el mundo entero sobre el largo camino aún por recorrer hacia la sana convivencia entre hombres y mujeres.
“¿Cómo debo llamarla?”, le pregunto cuando nos encontramos en París, un día gris pizarra de mediados de diciembre. “¿Madame Pelicot? ¿Madame Guillou?”. Estamos en el centro de la ciudad, en la casa elegida para la sesión fotográfica. Lleva posando para Vogue toda la mañana. Me inquieta, ya antes de empezar nuestra conversación, si debería omitir rotundamente el apellido de su exmarido. “Gisèle me va bien”, responde con una sonrisa. En la estancia se palpa el respeto –todo el mundo se emociona en su presencia–, pero ella desprende una luz y una alegría que nadie imaginaba. Hace tres días que cumplió 73 años. Sus ojos oscuros centellean y su corte bob rectísimo, del color cobre de una moneda nueva, se mece cuando habla. Se ha concedido, me dice luego, “permiso para ser feliz”. Viste con elegancia una chaqueta de ante verde oliva y una falda de punto con estampado geométrico (durante el juicio, cuanto más escuchaba que una mujer sometida a tales horrores no se ocuparía tanto de su aspecto, más combatía prejuicios con su cuidado atuendo). La acompaña su nueva pareja, Jean-Loup, y se lanzan de tanto en tanto miradas cariñosas. Es bellísima. No lo digo tanto por comentar su físico sino para ensalzar su espíritu: transmite una palpable sensación de libertad y un optimismo casi sobrenatural a quienes la rodean.
