Una boda en Menorca: el ‘sí, quiero’ de Adriana Gatagán y Víctor Valbuena
La artista Adriana Gatagán y su ahora marido, Víctor Valbuena, siempre vieron Baleares como un pequeño refugio verdaderamente mágico. “. Pasábamos las vacaciones aquí y nuestra unión en Menorca no era solo un compromiso personal, sino la consolidación de un proyecto de vida compartido”, explican. La pareja, que comparte la pasión por la belleza, el arte, el cine clásico y la moda de archivo, se mudó a Mallorca hace poco más de un año, ya comprometidos, tras cuatro años juntos. “Buscábamos un entorno donde mi carrera artística pudiera madurar”, desvela Adriana. “Ahora nuestra casa-estudio está rodeada de esa serenidad que buscábamos y que yo intento plasmar en mi reciente obra pictórica: esta se ha convertido en una exploración de lo que yo llamo ‘elegancia atemporal’, entendida como diálogo entre lo clásico y el minimalismo contemporáneo. Víctor es mi mayor apoyo y el mejor contrapunto a mi proceso creativo. Nos hacía mucha ilusión materializar juntos esta visión en el proyecto de nuestra boda; teníamos claro que mi universo debía estar presente y respirarse en cada detalle”, añade.
Tras tres días de celebración con sus invitados en Menorca, los novios se casaron el pasado 4 de octubre en la Catedral de Santa María de Ciutadella, un lugar muy especial para ambos. “Tuvimos claro desde el principio que no queríamos distraer a nuestros invitados con una decoración excesiva que restara protagonismo a la catedral; la intención era acompañar el espacio, no competir con él. Recubrimos el altar y los reclinatorios con antiguas telas mallorquinas bordadas, piezas que fuimos encontrando con paciencia en distintos mercadillos y anticuarios de las islas. Completamos la decoración con un arreglo floral sencillo y arquitectónico, en el que el color protagonista actuaba como hilo conductor de toda la celebración, anticipando lo que más tarde se descubriría en la finca”, explican.
Para la celebración del banquete, Adriana y Víctor conocían una finca con una estética decadente y muros descorchados que encajaba perfectamente con la idea que tenían en mente. “Se trata de un palacete del siglo XIX, antiguo refugio de campo y veraneo, hoy abandonado, cuyo encanto reside precisamente en su huella del tiempo”, confiesan.
