Hay personas que tienen un aura especialmente magnética. En el caso de Lapili (María del Pilar Robles Pérez; Ciudad Real, 1994), la fascinación que despierta parece ser el resultado de una combinación muy personal entre la rotundidad de su discurso, la seguridad que emana de su presencia y la amabilidad que desprende en el trato. Este viernes 20 de febrero, la artista musical ha lanzado su segundo álbum de estudio, un trabajo de intensas sacudidas rítmicas y sólidas influencias afrocaribeñas –mezcladas con diferentes ramas de la música electrónica– que ha titulado Miss Fatty Fairy.
“Ha sido un proceso de un año y medio de creación, de muchas idas y venidas porque se me han dado varias oportunidades de incorporar a mi proyecto la figura de un productor ejecutivo grande, que es algo que no me había ocurrido hasta ahora. Pero, finalmente, he decidido no aceptar esas ofertas y seguir siendo yo la que lleve las riendas. Cada vez que aparecía una de estas personas, querían tener mucho el control de mi obra, también en el plano artístico”, introduce.
Puede parecer un dato anecdótico, pero no lo es: Lapili tiene una visión creativa potentísima y distintiva, y es plenamente consciente de ello. La conclusión lógica, claro, es defenderla. No querer comprometerla. “Aunque no pertenezca por nacimiento a la cultura del afrobeat, he vivido en Ghana y creo que en este proyecto me inspiro en todas esas referencias, pero haciendo lo mío, sin intentar copiar y hacer claramente un afropop o un dancehall, sino que lo llevo más a mi terreno. Además, he estudiado arte textil y la moda es algo que me encanta. Para mí, es muy importante unir todas las disciplinas, también la dimensión visual, en la cristalización del proyecto”, dice la artista, que subraya que esa coherencia en el enfoque alcanza una nueva cima en su carrera en Miss Fatty Fairy –un trabajo que llega después de su álbum debut, Piligrosa (2023)–.
Lapili, con maquillaje y estética de fantasía.Rachel Plaisir
