Seis de cada diez mujeres reconocen haber fingido alguna vez un orgasmo, según el informe ‘XI Barómetro de los Españoles y el Sexo’ elaborado por Control a partir de una muestra de 2.000 personas de entre 18 y 58 años. En cambio, el 85 % de los hombres afirma no haberlo hecho nunca. ¿Las razones de ellas? El 42 % dice que lo hizo para no hacer sentir mal a su pareja; otro 42 %, para terminar antes la relación sexual y, una de cada diez, para aumentar la excitación de la otra persona. Estos datos no son un hecho aislado: en otra investigación realizada por científicos australianos con 5.118 participantes, el 95 % de los hombres aseguró alcanzar el clímax habitualmente, frente al 69 % de las mujeres. Esta diferencia, conocida como brecha orgásmica, tiene mucho que ver con la presión por cumplir expectativas, los conflictos con la imagen corporal y la tendencia –aprendida– a priorizar el placer ajeno.
Ana Lombardía, experta en salud y bienestar sexual de We-Vibe, marca especializada en el placer de las parejas, lo explica: el deseo de ser queridos y elegidos puede llevarnos a pensar que no basta con “ser”, sino que debemos cumplir ciertos requisitos para resultar deseables, valiosas, escogibles. “Eso puede hacer que nos sintamos inseguras constantemente, que entremos en competición con los demás y nosotras mismas, que nos desconectemos y que suframos mucho por ello”. En el terreno sexual, esta lógica se traduce en una presión por “hacerlo bien” y, cuando el foco está en el desempeño, el placer pasa a un segundo plano.
El miedo a no ser suficiente
María Cordón, psicóloga sanitaria experta en perspectiva de género, subraya que, para muchas mujeres, el vínculo con la imagen corporal tiene un peso determinante. Intentar alcanzar un estándar, mirarse desde una mirada externa masculina, adaptarse y tratar de cumplir con lo esperado puede llevar fácilmente a anteponer el placer del otro al propio. Además, aquí entra en juego la llamada “ansiedad de rendimiento”. Esto es, cuando el encuentro sexual se vive como una prueba que hay que superar, el cuerpo activa un estado de hipervigilancia: estamos más pendientes de cómo lo estamos haciendo que de lo que estamos sintiendo. “El problema es que la excitación sexual y el sistema nervioso de alerta comparten vías. Si el cuerpo está en modo examen, difícilmente puede estar en modo disfrute. Así se crea un círculo vicioso: cuanto más intento rendir, más me tenso; cuanto más me tenso, más se bloquea mi respuesta sexual”, señala la experta.
Fingir un orgasmo: el transfondo
En este contexto, fingir un orgasmo puede convertirse en una estrategia rápida para salir del paso. Como apunta Cordón, es una forma de evitar conversaciones incómodas: admitir que algo no está funcionando, pedir cambios o explorar otras prácticas más allá de la penetración. El problema es que esta solución momentánea no resuelve el fondo de la cuestión. “Al no alcanzarlo y optar por fingirlo, se consolida la idea de que el placer propio queda en segundo plano, con todo lo que esto puede implicar a nivel de frustración, desconexión corporal y desgaste emocional. En este sentido, fingir no solo respondería a una presión externa, también alimentaría y perpetuaría un modelo sexual centrado en el rendimiento, donde el valor de la experiencia se mide por el resultado y no por el proceso, el disfrute o la conexión”. Y, claro, no queremos eso.
Cómo reconectar con nuestro propio deseo, según las expertas
Entonces, ¿por dónde empezar? Para Cordón, la clave es preguntarse desde qué lugar nos acercamos al sexo: “¿desde la curiosidad y el deseo genuino, o desde la culpa, la obligación y la exigencia? Cuando domina esta segunda perspectiva, la presión erosiona el deseo”, señala, y prosigue: “Desde pequeños estamos expuestos a películas, series, anuncios y literatura que nos indica claramente cómo deben ser las cosas, estableciendo esas reglas que en muchas ocasiones se cronifican en nosotros. Además, se sigue planteando el coitocentrismo como la única posibilidad, lo que dificulta la apertura a otras maneras de relacionarnos con el sexo”.
En esta línea, Lombardía añade otro punto fundamental: la idea de que las mujeres deben alcanzar el orgasmo únicamente mediante la penetración, con la presión que eso supone para la pareja. “Es una creencia que sigue muy extendida, pese a que la mayoría necesita estimulación directa del clítoris para lograrlo. La penetración por sí sola, en muchos casos, no es suficiente”. Ampliar el repertorio, incorporar otras formas de estimulación y apoyarse –si se desea– en recursos como juguetes diseñados para estimular el clítoris durante la penetración pueden facilitar la experiencia. Pero, más allá de herramientas concretas, el cambio más profundo es conceptual: entender que el sexo no es una competición ni una prueba que aprobar, sino un espacio de conexión, exploración y placer compartido. Y eso empieza por dejar de actuar para el otro y empezar a escucharse a una misma.
