El resultado es una serie de diseños completamente libres de cualquier limitación estética, estrechamente ligados al trabajo manual y que ponen en primer plano, precisamente, el saber hacer humano que interviene en el proceso de construir un hogar. Entre ellos encontramos toda suerte de muebles funcionales, como una silla con respaldo de luna, estructura de aluminio pulido y tapizado personalizable, o el trío de mesas en bronce y piedra proyectadas en diferentes alturas. Conviven con ellas lámparas de carácter escultórico como la Crystal Ball, creada a partir de esferas antiguas de opalina que la propia Marta de la Rica encontró en un viaje a Países Bajos. Y la que posiblemente es la estrella de la corona, la mesa Lazy Susan –que también tiene su versión en objeto decorativo–, tallada íntegramente en piedra y que incorpora un monolito escultórico y silencioso que invita a extender la mano, girar y compartir. “Esta pieza es algo que yo tenía en mi memoria porque se usaba en casa de mis primos y nunca había encontrado una que me gustase. Nos mudamos hace tres años a esta vivienda y no habíamos tenido mesa de comedor hasta ahora. Y me encanta. Celebré mi cumpleaños, pedimos a un restaurante japonés y fue muy divertido comer alrededor de ella. Porque el hecho de que gire es práctico y tiene su punto”, confiesa.
De esta nueva etapa que se abre paso en el universo de Marta de la Rica, lo más enriquecedor ha sido, sin duda, poder dar rienda suelta a la creatividad sin limitaciones ni condicionantes externos. “La libertad de no depender de un encargo y poder trabajar, tanto con mi equipo como con los artesanos, de manera orgánica ha sido una experiencia increíble. Al fin y al cabo, aquí soy mi propio cliente y estoy creando piezas que responden a mis necesidades. Es un proceso muy puro. Y poder compartir con el mundo algo tan personal me hace mucha ilusión”, confiesa la diseñadora.
