Mi primer encuentro con el pole dance
La primera vez que me subí (o, más bien, que intenté subirme) a una barra de pole dance, fui inmediatamente consciente de tres máximas: que la fuerza de la gravedad era un factor a tener muy en cuenta si pretendía moverme lejos del suelo; que mi capacidad de agarre daba para sujetarme a la barra del metro y gracias; y que mi tolerancia al dolor era, básicamente, nula. Esto último es bastante relevante al tratarse de un deporte que no solo pone a prueba tu coordinación y propiocepción –sentido que nos permite saber dónde están las partes de nuestro cuerpo en el espacio y cómo se mueven, sin necesidad de verlas–, también tu umbral de dolor. Tiene su lógica: en pole dance, la piel –además de la fuerza de cada uno– es una herramienta más de agarre a una barra de acero que, consecuentemente, la pellizcará, rozará y magullará.
“Lo que más sorprende a quien lo prueba por primera vez es justamente eso: que duele. Lo segundo, la dificultad”, me explica Mel Casas, mi profesora en el centro especializado en pole dance y telas aéreas Glow Up, con una sonrisa que deja entrever que ella lleva doce años sobreviviendo a ambos. Después, me consuela adelantándome que eventualmente el cuerpo se acostumbrará y dejará ver con mucha más claridad todo lo que esta disciplina puede ofrecer. “Con el pole te das cuenta de lo extraordinario que es el cuerpo humano y de todas las cosas increíbles que es capaz de hacer. Y no importa cómo te veas a ti misma o cómo creas que otros interpretan tu cuerpo; cuando empiezas a ser consciente de sus capacidades, es imposible no agradecérselo”.
Escucharla y, sobre todo, verla deslizarse en la barra haciendo parecer sencillo algo que, espóiler, para nada lo es, hace que cueste todavía más creer que aún haya quien reste méritos o incluso considere impúdico este deporte. “Es algo que sigue ocurriendo, es cierto, aunque personalmente no logro entender el porqué. Sí, el pole dance popular, el que nosotras practicamos, nace en los clubs. Viene de las strippers. Por eso muchísimas posturas llevan nombres de chicas: la Jade, por ejemplo, viene de una bailarina llamada así; la Marion Amber, lo mismo. Pero, ¿y qué? Eso no le resta dificultad, deportividad, ni la increíble comunidad que se crea alrededor de este deporte”, sentencia.
El pole dance y su camino hacia el reconocimiento
Lo cierto es que actualmente los prejuicios, en última instancia, siguen siendo la principal lucha de los pole dancers. “En los últimos años el pole se ha propuesto como posible disciplina olímpica, aunque está pendiente de aprobación. Para conseguirlo se crearon federaciones, organizaciones y también competiciones que se evaluaban de forma muy parecida a las de gimnasia. ¿La diferencia? En gimnasia, para aprobar el vestuario, se debe ver cierta cantidad de glúteo; a nosotras nos pedían cubrirlo todo. Hacíamos las mismas figuras, pero nos tapaban “para no sexualizar”, cuando al hacerlo eran ellos quienes lo sexualizaban. Las trabas no tenían sentido. Aún así seguimos creciendo y quién sabe si algún día lo lograremos”.
Aunque atletas y defensores, como la presidenta de la IPSF (International Pole and Aerial Sports Federation), Katie Coates, hicieron campaña durante años para lograr su inclusión en los Juegos Olímpicos, por el momento sin éxito, la realidad es que el interés general por esta disciplina que combina fuerza, agilidad y técnica no para de aumentar.
La primera clase (y el choque con la realidad)
Me incluyo entre los curiosos que se han animado a probarlo en el último año, aunque reconozco que mi primer acercamiento no fue ni mucho menos como esperaba. “Si tu primera clase es multinivel, verás a tus compañeras más avanzadas e inevitablemente te compararás. Pero, si tu coach sabe llevar la situación y te enseña alguna figura que sí consigas hacer, lo más probable es que te enganches y quieras volver a intentarlo. Aun así, la primera clase suele ser muy dura”, reconoce Mel. Y vaya si lo es. En mi caso, yo, que siempre había presumido de equilibrio y elasticidad –con haber hecho gimnasia rítmica unos pocos meses a los seis años como único argumento, todo hay que decirlo–, me descubrí incapaz de emular en lo más mínimo los movimientos de mi profesora.
