NAD+ y longevidad: el papel clave de esta molécula en el envejecimiento
La longevidad ocupa el centro del discurso de quienes se preocupan, no solo de vivir más, sino de vivir mejor. En torno a esta narrativa hemos aprendido lo importante que es que nuestras células produzcan energía de forma eficiente, se reparen frente al daño diario y mantengan su capacidad de adaptación con el paso del tiempo. También sabemos que no existen fórmulas mágicas, aunque el ejercicio regular, una alimentación equilibrada, el descanso de calidad y la gestión del estrés son los pilares sobre los que se construye la salud a largo plazo. Hábitos que influyen en la inflamación, en el metabolismo y en la capacidad del organismo para regenerarse.
Es en este contexto que vamos incorporando a nuestro vocabulario nuevos términos como los telómeros, la epigenética, la salud mitocondrial o la autofagia, conceptos que nos ayudan a comprender cómo envejece el organismo desde sus mecanismos celulares. Dentro de este universo se suma ahora otro protagonista que en los últimos años ha despertado un gran interés: el NAD+.
Para entender su relevancia, conviene empezar por su función biológica. “El NAD+ es una molécula absolutamente esencial para la vida. Es un cofactor metabólico que participa en la producción de energía dentro de nuestras células, en la mitocondria, y además regula procesos clave como la reparación del ADN, la inflamación, la respuesta al estrés y la función cerebral”, explica el doctor Alfonso Galán, director médico de Neolife.
Cuando los niveles de NAD+ caen en picado
Uno de los problemas a los que nos enfrentamos es que los niveles de NAD+ en el organismo tienden a descender de forma progresiva, un fenómeno que la comunidad científica vincula con varios procesos biológicos que acompañan al envejecimiento. “Disminuyen por distintos mecanismos que actúan de forma simultánea, como el aumento de la inflamación crónica, la activación de enzimas implicadas en la reparación del ADN, el estrés oxidativo acumulado o la disfunción mitocondrial progresiva”, señala el doctor Alfonso Galán.
Esta reducción tiene consecuencias directas en el funcionamiento celular. Cuando los niveles de NAD+ descienden, las células generan menos energía, pierden eficiencia en sus procesos de reparación y muestran una mayor tendencia a la inflamación, un escenario que, a largo plazo, puede favorecer la pérdida de masa muscular, el deterioro del metabolismo o una menor capacidad del organismo para recuperarse frente al estrés y la enfermedad.
Para entenderlo mejor, la farmacéutica Marta Ortega, fundadora de la firma de nutricosmética MLAB, recurre a una metáfora visual: “Las mitocondrias son como unas mini centrales eléctricas que fabrican energía para nuestro organismo y para mantener la vida; el NAD+ es como un transportador de esa energía, además de ser un reparador o regenerador celular”, aunque insiste en que el NAD+ no debe entenderse como un “rejuvenecedor”, sino como un factor que contribuye a optimizar procesos metabólicos y de reparación que permiten que el organismo funcione de forma más eficiente.
