Hay libros que te sitúan en un plano muy concreto ya desde sus primeras líneas. Y Reliquia, lo nuevo de Pol Guasch (Tarragona, 1997), es sin duda de esos: “Habría agradecido una nota”, arranca. El contexto de la historia –el suicidio del padre del escritor– ya coloca al lector en un determinado escenario. “Fue la primera frase que escribí del libro, que es algo que no acostumbra a pasar (los inicios de los libros normalmente nunca son las primeras cosas que has escrito). Y, de hecho, lo escribí sin la intención de que fuera un libro. Era enero de 2023, justo hacía 10 años que se había muerto mi padre y escribí esa frase casi como suerte de dietario –yo no usaba diarios, pero salió así– y vi que había llegado el momento de escribir sobre eso. Y todo el rato confié mucho en ese inicio, que se puede leer como un reproche –y puedes pensar ‘¡ostras, si el libro es así todo el rato, vaya tela!’– pero vas avanzando y, en el fondo, no es tanto un reproche como el inicio de una pregunta”, explica el autor catalán sobre la idea que dio origen a la obra que ahora publica.
Así, Guasch fue tirando y tirando de ese hilo, sin ideas preconcebidas. “No lo pensé mucho, creo que si lo haces la escritura pide cierta inconsciencia –me ha ocurrido siempre, incluso con las novelas de ficción que escribí antes: si en algún momento me hubiera parado a preguntarme por qué estaba haciendo eso, probablemente de lo absurdo que era, lo hubiera dejado de hacer–. Pero en este caso se intensificaba porque estaba hablando de mí, de mi historia, de mi familia. Y es al terminar el libro cuando digo: ¿y ahora qué hago con esto?”, recuerda el autor. Ese ejercicio casi de escritura automática le permitió abordar una reflexión sobre la ausencia, sobre la huella que dejan en nosotros los que no están, sobre lo que quisimos decir y hacer y no dijimos ni hicimos, y sobre dónde colocamos ahora, en el presente, ese dolor y esos silencios. “Escribir este libro me ha ayudado a descubrir que la literatura y la escritura te permiten llegar a sitios donde no llegan otros discursos, porque la literatura y la escritura son difusas, inexactas y equívocas, como son las ausencias y, en ese sentido, se comunican. Y escribir sobre eso te permite llegar no a grandes respuestas, pero sí a grandes momentos de deslumbramiento, a momentos en los que se ve luz donde antes no la veías. Y eso es muy bonito, y dice algo también muy potente de la escritura”, confiesa. Y añade una reflexión llena de humildad: “A veces hay una suerte de épica de la escritura de no ficción, en la que uno pasa del desconocimiento al conocimiento, de la incomprensión a la comprensión, del arrepentimiento al perdón… Y eso en realidad no es así, o al menos no lo ha sido para mí. La escritura ha sido más como rodear algo que no existe o que no se puede tocar, que es la ausencia de alguien. Y ese rodeo da para muchísimo: para momentos de mucha luz, de comprensión, pero también de ceguera absoluta, de incomprensión, de preguntas que no desaparecen. Es decir, hay un rodeo de una materia imposible de tocar. Y ese es el gran descubrimiento que he hecho con este libro”, concede.
En su narración, Guasch mezcla sus propios recuerdos familiares –recuerdos que, por definición, ya son material subjetivo, tamizado y filtrado por una mirada: la suya– con textos de despedida de autores conocidos que también se quitaron la vida, desde Alejandra Pizarnik a Sylvia Plath, pasando por Anne Sexton, entre muchos otros. “Divago sobre la idea del final y de la despedida. Y por momentos descubro que también estaba bien que no hubiera una nota, porque las notas –como los libros– fijan, y a veces hay cosas que está bien que se queden un poco abiertas porque así uno también puede escribir su historia sobre ello. Y de alguna forma también descubro que cualquier final y cualquier despedida es un poco ficcional: siempre tiene algo de construcción de la persona que se despide y de la persona que recibe la despedida, como si fijáramos los finales que nos hubiera gustado tener”, reflexiona.
