Lo más probable es que ahora ya sepas de qué hablo, que sepas de sobra en qué consiste la situationship, aunque no le llames así, o bien porque la hayas experimentado en tus carnes o a través de alguna amiga. Pero todas coincidiremos en que este vínculo (casi nunca) nos hace felices ni nos funciona. Me refiero a nosotras. “La indefinición sostenida genera un desgaste psicológico importante”, apunta Marian Barrantes, psicóloga sanitaria y coordinadora del área de parejas de Clínicas Origen. “El cerebro humano necesita marcos claros para regularse emocionalmente. Cuando una relación carece de límites, acuerdos o expectativas compartidas, se activa un estado de alerta constante: la persona no sabe dónde está ni qué puede esperar”. Y este estado nos lleva a una dinámica de sobre conocida por todas: “Ansiedad, rumiación, hipervigilancia emocional y una sensación persistente de inseguridad”, detalla la experta. Y continúa. “No es la falta de etiqueta lo que daña, sino la falta de coherencia entre lo que se siente y lo que se vive”. ¿Os suena?
Y aún así, aunque estos vínculos nos conviertan en la Marge con el pelo quemado, se presentan ante el mundo como el colmo del disfrute y la libertad individual (lo que nos lleva a cuestionar nuestra cordura). ¿Pero existe tal cosa? ¿Y para quién funciona tan bien este acuerdo? Porque una de las partes suele decidir cuánto verse o cuál será el grado de intensidad del vínculo, que irá variando en función de sus deseos, y la otra parte tendrá como único propósito acatar lo que viene dado y no fastidiarla. Hasta hace unos días, otra de mis amigas —llamámosle L— mantuvo una relación que podría haberse convertido en algo serio. Solo que nunca había sido así, pero eso lo supimos después —y lo digo en plural porque la relación fue comentada día a día, incluso hora a hora, por todas nosotras, sus amigas, que ejercíamos como escuchadoras y principales apoyaderos de L—. L vio como el patrón patriarcal por antonomasia, “la mujer exige y el hombre se aleja”, que tan bien resume Jean Garnett en un artículo The New York Times, acabó dinamitando su relación. Antes de que se atreviese a hacerle una serie serie de demandas, aunque más que demandas eran deseos, la relación ya estaba en estado crítico —L había notado un cierto desapego por parte de su amante, más que el habitual, pero se guardaba su pena para ella y para nosotras, para ver si así evitaba agobiarlo—, pero la estocada final se produjo cuando ella ejerció su derecho a la palabra.
A Garnett le ocurrió lo mismo y durante una situationship post ruptura con su exmarido, se vio inmersa en una situación que calificó como “pesimismo comunicativo”, tras convencerse —imagino que la letra con sangre entra— de que sus “demandas” eran “mandonas y suplicantes” y de “sumisa malcriada”. Pero ni callando ni poniéndose en plan feminista empoderada había manera de eludir aquella maldición heredada, esa que llevamos por las venas, y que nos afecta a todas, incluso a referentes como Vivian Gornick. Lo recuerda Garnett en su pieza convenientemente. “En sus memorias, Apegos feroces, Vivian Gornick describe a su amiga la angustia de ser ignorada por un amante: “lo que no asumo”, escribe, “es que nos haya hecho volver a caer en la crueldad de la desfasada dinámica hombre-mujer, convirtiéndome en una mujer que espera una llamada que nunca llega y a él en un hombre que debe evitar a la mujer que espera”.
