“También está la eficacia, o lo que podríamos llamar calidad de desempeño: qué hace realmente el producto en la piel. No lo que promete el etiquetado, sino lo que demuestra cuando lo aplicas. Y a menudo olvidamos la sensorialidad. Parece que la experiencia de uso es un capricho superficial, pero está directamente relacionada con la adherencia a la rutina y, en última instancia, con el abandono del producto”, añade Laura Bey, formuladora y química cosmética
¿El precio determina la calidad de un cosmético?
Resolvamos la eterna duda: ¿Es el precio un buen indicador de calidad? No necesariamente. Eguren lo explica: “El precio puede reflejar determinados costes, pero no siempre garantiza eficacia”. En cosmética, el importe final de un producto puede aumentar por factores muy diversos —el diseño del packaging, el perfume utilizado, las campañas de comunicación, la experiencia sensorial…— que no siempre se traducen en mejores resultados. Eso no significa, sin embargo, que todos los precios sean arbitrarios. “Hay cosas que realmente cuestan”, matiza. “Filtros solares de última generación, tecnologías de encapsulación, buenos sistemas conservantes, estudios de estabilidad o ensayos clínicos”. Por eso, más que fijarse únicamente en la cifra, la especialista propone buscar señales más fiables: transparencia en la formulación, estabilidad del producto, tolerancia cutánea o coherencia entre los ingredientes y lo que promete la marca. “Yo lo resumo así: el precio no equivale a calidad, pero la calidad suele dejar pistas”.
En la misma línea se pronuncia Helena Rodero, farmacéutica y divulgadora, que recuerda que el marketing también influye en el precio final. “Es un factor más. El marketing tiene muchas patas y hay laboratorios que las trabajan todas. Eso, lógicamente, encarece el producto”, explica. Sin embargo, también señala el reverso de la moneda: cuando una marca logra vender grandes volúmenes gracias a su estrategia de comunicación, puede reducir costes y ajustar el precio final. En otras palabras, el marketing, aunque se suela pensar que infla los precios en todos los casos, a veces también permite abaratarlos.
¿Cuándo un producto es verdaderamente sostenible?
En cosmética, la sostenibilidad suele asociarse de forma casi automática a lo “natural”, pero las expertas insisten en que el concepto es mucho más complejo. “La sostenibilidad es más amplia de lo que el usuario piensa”, explica Rodero. “Un producto sostenible es aquel que demuestra que, en todo su ciclo de vida, contamina menos que otro que no lo es: desde la producción de las materias primas hasta el momento en que el consumidor lo desecha”. Bey coincide: aquí, la clave está en mirar el conjunto. “La sostenibilidad no es ‘poner un ingrediente natural’, sino una decisión transversal que afecta a todo el desarrollo del producto”. Empieza en la selección de materias primas, continúa en la eficiencia del proceso productivo —energía, agua o generación de residuos— y sigue en el diseño del envase, la logística y el final de vida del producto. Por eso, advierte, lo natural no siempre es sinónimo de sostenible: “Un producto puede ser totalmente sintético y, aun así, estar diseñado bajo criterios de sostenibilidad más coherentes que uno que se vende como verde”.
Entonces, ¿es mejor invertir en una rutina sencilla, o en una más compleja?
En la mayoría de los casos, una rutina sencilla y bien elegida es más eficaz que una eterna. “La piel mejora más con constancia y con fórmulas adecuadas que con una rutina de doce pasos”, sentencia Eguren. Por eso, cuando se trata de decidir dónde merece la pena invertir más, la dermatóloga propone priorizar en función de las necesidades reales de la piel.
