Aproximadamente 10 minutos pasadas las nueve, las luces se apagaron por completo en el Movistar Arena y unos visuals sirvieron de antesala a lo que estaba a punto de suceder. La fiesta arrancó con un inicio sinfónico que se iba fundiendo con los primeros acordes de PIRRI. Ralphie Choo (Daimiel, Ciudad Real, 1998) salió al escenario y, de inmediato, me sentí arropada por la multitud de la pista que se echaba para delante con el objetivo de encontrar una posición mejor: veinteañeros como yo, con sus looks de modernitos, listos para dejarse la voz y vivir un viernes diferente, lejos de la terraza o discoteca habitual.
Antes de que empezara todo, me dio tiempo a observar el ambiente. Chupas de polipiel, jeans anchos caídos y algún que otro sombrero cowboy –como clara referencia al universo de BBY ROMEO– marcaron el tono estético de la noche. Eché en falta, no lo niego, algún ejemplo de “zapato picudo” (una de las señas estilísticas del artista), aunque comprendo que no sea el calzado más práctico para botar en una pista. Quizá desde la grada alguien se atrevió.
Choo, el apellido artístico al que responde Juan Casado, apareció con un mono de color frambuesa, con botones en la parte superior y cierto aire de domador circense que, efectivamente, terminó domando a sus fieras. Continuó con ritmos tropicales inéditos, como si de un Juan Luis Guerra más joven y alternativo se tratara, que despertaron las mismas sospechas que ya se oían a lo lejos mientras esperábamos en la cola para entrar: “Ha cantado PIRRI y ahora esta… Verás como solo nos cante temas nuevos”. La teoría cayó pronto. El siguiente movimiento fue BULERÍAS DE UN CABALLO MALO, de su aclamado y único álbum de estudio, SUPERNOVA, y todo el mundo recuperó los ánimos, a pesar de que la incógnita de un posible anuncio se mantenía latente a modo de comidilla.
Después llegaron otras como ROCCO y TENTACIÓN, que vieron la luz el pasado mes de enero. Y con la energía ya arriba, hubo un momento de pausa. Una bola de discoteca gigante se alzó en el techo y nos iluminó durante TOTAL90NOSTALGIA, a la par que prendimos las linternas para zarandearnos con ellas de un lado a otro. Fue entonces cuando tuve una breve revelación: pese a que la mayoría éramos miembros de la generación Z, esa que vive con el móvil pegado a la mano y que supuestamente no puede resistirse ni un segundo a subir un TikTok, muchos de nosotros lo llevábamos guardado hasta ese momento. Sí, de vez en cuando se grababa y hubo quien incluso sacó artilugios como una Nintendo DS antigua para conseguir un vídeo aesthetic, pero en general estábamos allí, bailando y viviendo el momento. Una calma palpable y tremendamente placentera que se alargó con D’amor traficante y con la serena presencia de mori, primer invitado estrella de la noche.
