Las recaídas no tienen por qué ser una sentencia final
Enero de 2016. Esta semana se cumplen diez años desde la última vez que bebí. Claro que entonces no tenía ni idea de que aquel sería el último trago. “Nunca más” formaba parte de mi vocabulario tanto como “¿pedimos otra?” (y sí, era una pregunta retórica). No tenía intención real de dejar el alcohol ni las drogas, sobre todo porque pensaba que no era capaz. Emborracharme, perder la memoria, llorar, caerme, despertar con moratones inexplicables o en la mesa de la cocina de un desconocido no era solo algo que hacía: así era yo y punto.
Hasta que dejé de serlo.
Aquel enero toqué fondo por enésima vez. Y, en apariencia, no fue muy distinto a los cientos de ‘fondos’ anteriores. Pero algo en esa ocasión me sacudió, me asustó y, sobre todo, me agotó. Me harté de mí misma. Con la ayuda de personas buenas, generosas y pacientes, empecé de nuevo y di el primer paso hacia la sobriedad.
Aquí es donde normalmente termina el relato. Era un desastre y ahora soy un ejemplo. El caos da paso al orden, la oscuridad a la luz, los cigarrillos al zumo verde. Una historia común, con final bonito y mensaje inspirador. Todo salió bien. Fundido a negro. Fin.
Pero no fue así. En realidad, apenas era el principio. El arranque de una historia más compleja, más matizada y, al final, mucho más honesta y humana. Decimos —yo lo digo— “estoy rehabilitada” como si fuera algo que se logra, se tacha de la lista y listo. Y no funciona así. La recuperación no es un destino, es un proceso en movimiento. No se fortalece con el tiempo: cambia, se adapta, fluye. Hay días en los que tengo que agarrarme a mi sobriedad con fuerza, como si pudiera escaparse de las manos; la mayoría, en cambio, la llevo con la ligereza de un pañuelo de seda casi imperceptible.
He descubierto que siempre hay motivos para beber. A veces son enormes y comprensibles —el duelo, por ejemplo, ¿quién no lo entendería?— y otras son pequeños y casi absurdos —como que ahora el vino naranja está de moda… ¿y si lo pruebo?—. Hasta hoy no he cedido a esos pensamientos, pero mentiría si dijera que no aparecen, revolotean y, en ocasiones, se quedan un segundo más de la cuenta. Quiero creer que aquella copa de hace diez años fue la última. Lo siento así. Pero también estoy lo bastante lúcida como para admitir que no puedo saberlo con certeza.
Para muchas personas, el camino de la recuperación incluye recaídas. En mi caso no ha sido así en estos diez años, aunque antes hubo muchos intentos fallidos. El problema es que las recaídas no encajan en esa historia tan bonita del ‘felices y sobrios para siempre’, así que preferimos no verlas. Las silenciamos, etiquetamos a quien recae como débil o incapaz. La vergüenza, el miedo, la decepción o el pudor explican por qué casi nadie habla de ello. Y quizá por eso mismo deberíamos empezar a hacerlo.
