“Todos intuimos que hay algo de chanchullo en la universidad. Nunca le he contado a alguien algo que he visto y me ha dicho: ‘Ah, qué sorpresa’”.
Sara Barquinero
De ahí que, a pesar de ser académicamente brillante, la citada Alicia, una joven vallisoletana que se instala en Madrid, en el piso de su tía Puri, para cursar la carrera de Filosofía, decida hacer todos los esfuerzos posibles para desvincularse de la posibilidad de ser catalogada de ‘provinciana’, el insulto al que más recurren algunos de esos otros compañeros intelectualmente sofisticados por derecho de nacimiento que tanta fascinación causan en ella. Sin embargo, este es solo el primero de una larga lista de desencantos a los que deberá enfrentarse la protagonista de La chica más lista que conozco, una narración en la que Barquinero disecciona en profundidad las miserias de ese mundillo universitario: un espacio cuajado de líos sexuales entre profesores y alumnas –algunos cuestionables; otros, potencialmente delictivos– y de fratricidas luchas interdepartamentales.
Alicia, claro, está en el meollo de todo ello. Es más, se podría decir que, lejos de ser un ente pasivo arrollado por la crudeza de los acontecimientos, ella misma contribuye en buena medida a desatar el caos. Sobre todo, desde el momento en el que se obsesiona con un popular miembro (nunca mejor dicho) del cuerpo docente. “Probé a construir la historia de una pobre chica, feminista y amiga perfecta, que es seducida por un profesor, pero me quedaba demasiado maniqueo. Me apeteció crear una protagonista que cometiese errores, porque eso era más interesante. Para mí, el problema de este tipo de relaciones no es tanto que piense que los profesores son siempre muy malos y las alumnas muy buenas. Sino que, incluso entendiendo que la alumna pueda ser una retorcida y el profesor un pobre hombre, aun así es él el que debería decir que no”, sentencia, antes de lanzarse a hacer unas matizaciones al respecto.
“Lo que sí que quería que quedase claro es que, no sé si cómo se comportan algunos hombres mayores con jovencitas es penable; pero lo que es es ridículo. Ver a señores hechos y derechos haciendo el tonto con chavalas de 19 años, cuando menos, da vergüenza ajena. Por no hablar del descrédito que eso conlleva a la hora de tener fe en una institución, ya sea política, universitaria o del tipo que sea. Que el hombre que te ha invitado a reflexionar sobre la violencia o a repensar Occidente al final sea un guarro que se ha liado con tres alumnas te deja una sensación de: ‘Y entonces, ¿para qué hemos hecho todo esto?’. El problema no solo es él, sino los que lo encubren. Los que luego lo ascienden a catedrático”, dice la autora, que ha apostado por una inusual estructura en la que la trama se desarrolla de manera paralela a una serie de Observaciones (así las llama) de no ficción, en las que una voz narrativa mucho menos inocente introduce juicios morales y ofrece contexto sobre lo que acontece en la historia. Es en estos apuntes donde Barquinero no tiene problemas en apuntar directamente a exrepresentantes públicos como Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, acusados –aunque no condenados– de agresión sexual.
