Hablemos del síndrome de la máscara de oxígeno y de los hábitos que nos ayudan a evitarlo
“En el improbable caso de una pérdida de presurización en la cabina, los compartimentos situados sobre sus asientos se abrirán automáticamente. Si esto ocurre, tire de la máscara más cercana, colóquesela sobre la nariz y la boca y respire con normalidad: el oxígeno estará fluyendo. Y, lo más importante, asegure su propia máscara antes de ayudar a otros pasajeros”.
Esta advertencia se repite entre 100.000 y 130.000 veces al día –tantas como vuelos surcan el cielo en una jornada cualquiera– a lo largo y ancho del planeta. Es también el origen de lo que se conoce como ‘el síndrome de la máscara de oxígeno’, una metáfora que remite a ese clásico aviso de seguridad aérea y que encierra una idea esencial: en una situación de emergencia, es imprescindible salvarse a uno mismo antes de intentar salvar a los demás. Porque, del mismo modo que a 40.000 pies de altura es físicamente imposible ayudar al otro si la hipoxia nos deja sin respiración, en tierra firme ocurre algo parecido: si te estás quedando sin aire, no podrás hacer que otros recuperen el aliento.
Trasladada al plano psicológico, esta metáfora alude a la tendencia de muchas personas a priorizar de forma sistemática el cuidado ajeno por encima del propio. Así lo explica María Cordón, psicóloga sanitaria experta en perspectiva de género: “En muchas ocasiones asumimos roles muy definidos dentro de determinadas relaciones, o incluso en distintos momentos vitales. Esto hace que actuemos de manera automatizada, sin tener en cuenta el impacto que esas conductas tienen sobre nosotras”. La experta habla en femenino porque, históricamente, es a las mujeres a quienes mayoritariamente se les impone, y sobre las que se da por supuesto, el rol de cuidadoras. Y, añade: “Cuidar está bien, claro que sí. Para que los vínculos funcionen es necesario cuidar a la familia, a la pareja, a los amigos. Pero también a una misma”.
Ahí es donde la metáfora cobra todo su sentido: si no se presta atención a las propias necesidades y emociones, difícilmente se podrá acompañar, ayudar o sostener las de otros de una forma saludable y sostenida en el tiempo.
Nuria Val y Coke Bartrina.
Cómo identificar las señales de que te estás quedando sin oxígeno
En estos casos, las primeras señales de alarma –advierte la experta– suelen manifestarse de forma simultánea en los planos físico, emocional y cognitivo. “Hablamos de pensamientos rumiativos, sensación de culpabilidad, cansancio persistente, desesperanza, irritabilidad o dificultad para conciliar o mantener el sueño”, enumera. A ello se suma la sintomatología propia del estrés y la ansiedad: tensión corporal mantenida, estados de hipervigilancia constante, dificultad para desconectar y la sensación recurrente de estar desbordada. Patrón que se acentúa en personas habituadas a funcionar desde la autoexigencia. “En este tipo de personalidades –explica Cordón– siempre hay algo más que hacer, alguien más a quien atender o algo más que sostener. Desde ese lugar, la disponibilidad constante se convierte casi en una norma”.