Una obra descomunal, la de Tessa Hulls, que llevó casi una década de trabajo. “Empecé el libro un par de meses después de cumplir los 30 y se publicó cuando ya tenía 39. Me hizo pensar en el hecho de que, al menos en Estados Unidos, es la década en la que estás estableciendo cómo va a ser tu vida. Muchos de mis amigos en esa época se casaban, tenían hijos o eran ascendidos en sus trabajos”, comparte la autora. “Durante mucho tiempo me pregunté si yo había tirado esa década a la basura. Parecía que este libro iba a aterrizar un poco sin más, pero luego llegó el Pulitzer y empezaron a cambiar las cosas. En ese momento pensaba que había perdido una década muy importante de mi vida, pero se me había devuelto después”.
Y, sí, Alimentar los fantasmas se alzaba con el Pulitzer de Biografía, un hito que no sucedía con una novela gráfica desde 1992. Entonces era Maus, la obra de Art Spiegel, la que se llevaba ese reconocimiento.
Vogue: ¿Cómo supiste que el cómic era un soporte que podía funcionar para narrar lo que querías contar?
Tessa Hulls: Sabía que si contaba la historia a través de un libro resultaría demasiado denso, demasiado largo y complicado para que cualquier persona lo leyese. Quería explorar el cómic para que el impacto emocional estuviese intacto: hay ejemplos increíbles de ello como Maus o Persépolis. A través de ellos puedes mostrar la relación entre lo personal y lo político y tuve que aprender el medio a medida que lo iba haciendo, Me parece una herramienta poderosa y por eso la utilicé.
V: Tú eres artista plástica, ¿cómo aprendiste a manejar la novela gráfica como formato?
TH: Lo primero que hago es empezar a leer. Seattle tiene un sistema de bibliotecas impresionante y de ahí saqué un buen montón de novelas gráficas para dedicarme a estudiarlas. Como pintora, sabía cómo funcionaba la imagen, pero se dio una curva de aprendizaje a la hora de entender que no todo tenía que ser hiperrealista. Tomas el impacto poderoso de la pintura y lo reduces al formato. Me llevó un tiempo aprenderlo y al principio fue bastante raro, pero porque me pasé mucho tiempo estudiando a los maestros.
V: Hablas en ‘Alimentar a los fantasmas’ de lo complicado que te resultó llegar a entender el mandarín. ¿Has continuado estudiándolo?
TH: Me gustaría que mi mandarín fuese mejor de lo que es. Lo tengo oxidado porque no lo he estado utilizando. El aprender chino mandarín me hizo sentir profundamente humilde porque no se me dio nada bien. Ahora mismo sí pienso que hay cierta conciencia de las ventajas de criar en el bilingüismo. En el caso de mi madre, cuando tuvo un bebé, no tenía el conocimiento de esa plasticidad neuronal que permite aprender más rápido. Lamento mucho que no se me haya enseñado y tengo muchos otros amigos que son hijos de inmigrantes y están también en una postura parecida, no crecieron con esos idiomas en su familia o tal vez sí, pero no de un modo deliberado. Creo que las personas que son más críticas con estos intentos son nuestros padres, se ríen de lo malos que somos con el idioma.
V: ¿Cómo ha cambiado tu relación con esa China en la que nacieron tu madre y tu abuela tras escribir este libro?
TH: Mientras crecía sabía que no llegaba a cumplir las expectativas de mi madre. No sabía qué quería ella de mí. Trabajar en este libro durante nueve años me conectó con comunidades asiático-americanas y entendí lo que quería mi madre que tuviese, que era una comprensión de los valores chinos. Tengo unos lazos profundos con esa cultura a través de la diáspora y mis amistades más cercanas son con personas que también son hijos de inmigrantes. Entienden esta forma dual de intentar alcanzar las expectativas de dos mundos irreconciliables.
V: ¿Te resistes a encajar en lo que todo el mundo espera de ti?
TH: Sí, tal vez un poco en detrimento mío, pero creo que mucho de eso es porque crecí de manera birracial: no había una tierra clara que se sintiese como hogar. El sentimiento de no pertenencia es mi hogar, me resisto a que se me etiquete en algo. Me gusta contar historias y lo primero que le pregunto es qué formato quiere y es por eso que no hago lo mismo dos veces. Para mí, eso está en el corazón de ser artista, lo que te mantiene interesado, aprendiendo y creciendo. Aprecio el ser conocida por sorprender a la hora de elegir qué voy a hacer.
V: El Pulitzer te pilló por sorpresa trabajando en la cocina del Capitolio de Juneau, la capital de Alaska ¿te planteas dejar ahora esos trabajos no relacionados con el arte?
TH: Estos trabajos tienen que ver más con la necesidad de experimentar contacto humano y comunidad, más que necesitar dinero. A través de este libro entendí que el secreto para la libertad pasa por necesitar poco y me acostumbré a no vivir con mucho dinero. Ahora mismo tengo tiempo y creo que voy a poder vivir de mi carrera, pero para mí es una pesadilla el estar sola con mis pensamientos en una habitación únicamente con mis pensamientos. Me encanta cocinar porque me conecta con otras personas, me permite cuidar a los demás y quiero seguir haciéndolo. Este verano hice un trabajo en el que llevaba una cocina en una excavación arqueológica, me pareció muy divertido. Estoy muy abierta a estas oportunidades y quiero seguir cocinando.
V: A pesar de ahondar en la realidad social de la China dictatorial y en tu propia historia familiar, este es un libro esperanzador.
TH: Sí, sin duda siento que hay esperanza. Estuve hablando con personas de todo el mundo sobre su vida y lo que me enseñó es que la gente quiere ser buena cuando hay espacio para hacerlo, pero hemos creado una sociedad en la que estamos tan aislados los unos de los otros que no hay oportunidades para conectar. A medida que cruzaba Estados Unidos todo el mundo me quería ayudar y era amable, pero me prevenían sobre el siguiente. Y en el siguiente me decían exactamente lo mismo. Eso me enseño algo fundamental sobre la manera en la que proyectamos nuestros miedos sobre lo que no conocemos. Quise salir al mundo de una manera vulnerable y permitirme conexiones que me diesen esperanza. Por supuesto que podía salir mal, no soy tan ingenua como para pensar que el mundo es un lugar peligroso en ocasiones, sobre todo para una mujer sola, pero lo que más me ha dañado ha sido en entornos en los que he vivido.
SUSCRÍBETE a nuestra newsletter para recibir todas las novedades en moda, belleza y estilo de vida.
