Una de las últimas en hacerlo (dentro del panorama estatal de ficción) fue Miren, la protagonista de Querer. Cuando vimos la serie de cuatro capítulos de Alauda Ruiz de Azúa, a la mayoría nos sorprendió la determinación de esta vasca de clase media al divorciarse de su marido con el que lleva casada treinta años. ¿Era acaso la primera vez que veíamos a una mujer tomando la decisión de separarse en la pantalla? Kramer contra Kramer nos quedaba demasiado lejos. Y además, Querer, aportaba una trama novedosa que se llevaría toda nuestra atención; la cuestión de la separación, más mundana, pasó entonces más desapercibida. Hasta poco después, momento en el que me encontré con otras dos ficciones que precipitarían una serie de casualidades (y reflexiones).
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Supe que Eduard Sola, el coguionista de Mi amiga Eva (Cesc Gay, 2025), era también el creador y coguionista de Querer, y al ver la película del director catalán me di cuenta de que se había inspirado en Tres amigas (Emmanuel Mouret, 2024), o al menos que en un determinado momento del metraje le había hecho un guiño explícito, ya que ambas historias compartían la misma premisa: una mujer entre los cuarenta y los cincuenta años decide separarse de su marido sin que nada dramático haya ocurrido para tomar la (en este caso) liberadora decisión. Y, de nuevo, las preguntas: ¿por qué aún resulta novedosa esta trama, hasta el punto de convertirse en la temática central de las dos películas, ambas recientes? ¿seguimos pensando, como sociedad, que una mujer debería “soportar” las calamidades del matrimonio y solo “abandonar” a su marido en caso de fuerza mayor? Probablemente, sí.
Mientras reflexionaba sobre ello, una de mis mejores amigas se estaba separando de su pareja con la que tiene una hija. Ella acababa de cumplir los cuarenta y en su grupo de amigas no había sido la única. Aquello me hizo preguntarme si realmente estaba ante un nuevo fenómeno, si existía una “tendencia” emergente en materia de separaciones. Y recurrí a los datos; concretamente, a los que se desprenden de una estadística del INE y que, de alguna manera, confirmaban mis sospechas: en 2024, la edad media de las mujeres al divorciarse era de 46,6 años y, al menos desde hacía una década, ellas se habían separado a una edad más temprana que ellos.
¿Pero a qué se debe este acto de valentía (en aumento) que en nuestro caso requiere de un mayor grado de arrojo? Lo más fácil sería vincularlo con el auge del feminismo durante los últimos años (a pesar de que el movimiento se encuentra en aparente remisión), o con una mayor capacidad económica por parte de las mujeres (a pesar de que la brecha salarial sigue siendo amplia: en nuestro país, ganamos entre un 18% y un 26% menos que los hombres), o con el heteropesimismo, ahora renombrado como heterofatalismo. O quizá con todas ellas.
