Hay una cohorte demográfica que se encuentra en una frontera difusa entre generaciones: los nacidos entre mediados de los años 90 y principios de los 2000. Es decir, demasiado jóvenes para identificarnos absolutamente como millenials, demasiado mayores para encajar con el prototipo de la Generación Z. Formamos parte de un grupo de primeros nativos digitales (crecimos con Messenger, YouTube, Tuenti y los primeros smartphones), estando inmersos en la tecnología desde la infancia y desarrollando una relación intensa (y, en ocasiones, obsesiva) con el mundo digital y la inmediatez. Así, hemos sido descritos a menudo como una generación más estresada, ansiosa y deprimida en comparación con las anteriores debido a la sobreexposición y la hiperconectividad. Por lo tanto, no es de extrañar que cada vez que el presente se vuelve sofocante y abrumador, nos consuele mirar hacia el pasado. Quizá ese sea el motivo de nuestra irremediable y firme nostalgia por las series que marcaron nuestro paso definitivo entre la infancia y la adolescencia. Lo que siempre recordaremos como nuestro lugar feliz.
He tenido esta conversación con mis amigas en múltiples ocasiones; recordamos con añoranza las series y películas que nos marcaron; Hannah Montana, High School Musical, Lizzie Mcguire y Camp Rock, entre muchas otras, ocupan una gran parte de nuestros pensamientos casi a diario y nos resulta extremadamente reconfortante hablar de ellas y escuchar sus soundtracks. Rememorar un momento en el que todo iba más despacio; no había notificaciones, contenidos virales, algoritmos ni hypes en redes sociales decidiendo qué debíamos consumir, nuestros programas adolescentes favoritos eran suficiente y construían mundos y personajes que crecían junto a nosotras a lo largo de los años.
En la actualidad lo llamamos ‘comfort content’, un contenido refugio que activa recuerdos asociados a la seguridad, la familiaridad y la pertenencia. Esta nostalgia se traduce en un anhelo de regresar a una vida más sencilla y despreocupada, una búsqueda de momentos agradables del pasado que se relaciona con un atajo al bienestar psicológico. Se trata de recuperar una sensación de estar protegidos, de sentarnos de nuevo en el sofá de casa de nuestros padres o nuestros abuelos.
